Reunidos en comunión: rezando con toda la Iglesia

El Canon Romano nos da la medida de la oración de la Iglesia, que abraza el espacio y el tiempo, como los brazos abiertos de Jesús en la Cruz.

Año Litúrgico
Opus Dei - Reunidos en comunión: rezando con toda la Iglesia

«Celebro la Misa con todo el pueblo de Dios. Diré más: estoy también con los que aún no se han acercado al Señor, los que están más lejanos y todavía no son de su grey; a ésos también los tengo en el corazón. Y me siento rodeado por todas las aves que vuelan y cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol (...). Y rodeado por todos los animales que están sobre la tierra: los racionales, como somos los hombres, aunque a veces perdemos la razón, y los irracionales, los que corretean por la superficie terrestre, o los que habitan en las entrañas escondidas del mundo. ¡Yo me siento así, renovando el Santo Sacrificio de la Cruz!»[1]

Venimos recorriendo los diversos momentos del año litúrgico, profundizando en todo el arco de tonalidades que adquiere, en el tiempo, la oración de la Iglesia. Estas palabras de san Josemaría sobre la Eucaristía, «corazón del mundo»[2], ponen ante nosotros el verdadero alcance del culto cristiano, que, como anunciaba ya uno de los salmos mesiánicos, abraza todo el espacio –«a mari usque ad mare, de mar a mar»[3]– y todo el tiempo –«como el sol y la luna, de generación en generación»[4]–. Todo empezó en la Cruz: Jesús recogía ya entonces en su oración a toda la Iglesia, y daba así cuerpo a la communio sanctorum de todos los lugares y de todos los tiempos. Y todo vuelve a la Cruz: «omnes traham ad meipsum, atraeré a todos hacia mí»[5]. En cada celebración eucarística está toda la Iglesia, cielos y tierra, Dios y los hombres. Por eso en la Santa Misa quedan superadas no solo las fronteras políticas o sociales, sino las que separan cielo y tierra. La Eucaristía es katholikē, que en griego significa universal, católica: tiene la medida del todo, porque allí está Dios, y con Él estamos todos, en unidad con el Papa, con los Obispos, con los creyentes de todas las épocas y lugares.

Todo empezó en la Cruz: Jesús recogía ya entonces en su oración a toda la Iglesia, y daba así cuerpo a la comunión de los santos de todos los lugares y de todos los tiempos.

Vamos a asomarnos, ya al final de esta serie, a algunos recodos de la Plegaria Eucarística, a través del Canon Romano[6]. Entreveremos así esa amplitud de la oración de la Iglesia, que surge de la amplitud de Dios. Si procuramos rezar en la Misa con ese sentido universal, de no estar solos, el Señor nos dilatará el corazón –«dilatasti cor meum»[7]–, nos hará rezar con todos nuestros hermanos en la fe; nos hará ser memoria de Dios, bálsamo de Dios, paz de Dios para toda la humanidad.

Sanctus, Sanctus, Sanctus

La Plegaria Eucarística inicia con el Prefacio, que siempre pone ante nuestros ojos motivos de acción de gracias. A veces no seremos capaces de apreciarlos, todos ellos, como algo que nos toca de cerca. Pero la Iglesia sí sabe lo que agradece, y nos podemos confiar a su sabiduría, aunque a veces no entendamos. Precisamente el final del Prefacio nos recuerda que es Ella, la Iglesia de todos los lugares y de todos los tiempos, la que celebra la Eucaristía, igual si participan miles de personas que «si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído»[8].

El Prefacio concluye con el Sanctus, «la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo»[9]. Cantamos, unidos a la liturgia del cielo, y lo hacemos no solo en nombre propio, sino en el de toda la humanidad y en el de la creación entera, que necesita de la voz del hombre. Somos por eso liturgos de la creación, intérpretes y sacerdotes del canto que las criaturas quieren entonar a Dios: «Hacemos mención del cielo y de la tierra, del mar, del sol y de la luna, de los astros y de todas las criaturas racionales e irracionales, visibles e invisibles, de los ángeles, las virtudes, las dominaciones, las potestades, los tronos, los querubines de muchos rostros (cf. Ez 10, 21), con el anhelo de decir aquello de David: Engrandeced conmigo al Señor (Sal 33, 4)»[10].

Memento Domine...

Esta oración eclesial, este rezar juntos, se percibe también en las intercesiones: «Memento Domine, acuérdate Señor», le decimos, y nos convertimos entonces nosotros mismos en «memoria de Dios» para nuestra familia y amigos, para las personas que se confían a nuestra oración, y también para todos aquellos de los que quizá solo Él se acuerda. Se trata de algo esencial en «nuestra Misa»[11], porque «si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada (…). Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio»[12].

El Prefacio siempre pone ante nuestros ojos motivos de acción de gracias: aunque a veces no seremos capaces de apreciarlos, la Iglesia sí sabe lo que agradece, y nos podemos confiar a su sabiduría

La oración de intercesión nos mete de lleno en la oración de Jesús, que es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres. «Interceder, pedir en favor de otro es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos»[13]. Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de petición que no conoce fronteras, como se percibe ya desde las primeras anáforas eucarísticas. Procuraban adquirir los sentimientos de Aquel que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»[14]. En la Plegaria eucarística, si ponemos cariño de nuestra parte, Dios nos agranda el corazón, lo hace a la medida del de Cristo.

Con esa magnanimidad pedimos en primer lugar por toda la Iglesia: «para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero…». Y comenzamos por unirnos al Papa, al obispo de nuestra diócesis y, por supuesto, al Padre: rezamos así «bien apiñados, formando una familia muy unida»[15].

Después, la intercesión se convierte en petición por todos los fieles presentes y en favor de aquellos por los que se ofrece el sacrificio: «Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum N. et N. et omnium circumstantium... Acuérdate, Señor de tus hijos N. y N., y de todos los aquí reunidos cuya fe y entrega bien conoces…». La Plegaria eucarística primera pone ante el Señor las necesidades de aquellos, cristianos o no, por los que se reza específicamente, aunque no sea necesario decir sus nombres en voz alta. El sacerdote, dicen las rúbricas, junta las manos y ora unos instantes por quienes tiene intención de encomendar a Dios. San Josemaría habitualmente podía detenerse un poco más: «Hago un Memento muy largo. Cada día hay unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi ofrecimiento es éste: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei. (...) Me acuerdo de todos, de todos: no puedo hacer una excepción. No voy a decir de éste no, porque es mi enemigo; de ése tampoco, porque me ha hecho mal; no de aquél, porque me ha calumniado, me difama, miente... ¡No! ¡Por todos!»[16].

Communicantes et memoriam venerantes...

El Canon Romano nos recuerda también que en la Santa Misa estamos no solo con el Señor, sino también con los hombres de cualquier lugar y tiempo. Por eso se habla no solo de la Trinidad y del Verbo encarnado, de su muerte y de su resurrección; se pronuncian también los nombres de otras personas importantes en la familia, porque nos sabemos también en su compañía.

"Me acuerdo de todos, de todos: no puedo hacer una excepción. No voy a decir de éste no, porque es mi enemigo; de ése tampoco, porque me ha hecho mal (...) ¡No! ¡Por todos!" (San Josemaría)

«Communicantes et memoriam venerantes... Reunidos en comunión con toda la Iglesia veneramos la memoria...» de la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, en primer lugar; después, san José[17], seguido por los nombres de doce apóstoles, entre los que se incluye a san Pablo[18], y doce mártires de los primeros cuatro siglos de la era cristiana[19].

No se trata de una “enumeración honorífica”, como las que a veces presenciamos en los actos oficiales, no sin cierto tedio y prisa por que acaben. Se trata de nuestra familia, «la gran familia de hijos de Dios que es la Iglesia Católica»[20]. En la Santa Misa estamos en comunión no solo con nuestros hermanos «dispersos por el mundo»[21], sino también con nuestros hermanos glorificados en el cielo, y con los que se purifican para ver con ellos el rostro de Dios. «Mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra (…) y proyecta luz sobre nuestro camino»[22].

Memento etiam, Domine...

Poco después de la consagración, donde las demás plegarias eucarísticas concentran sus peticiones, el Canon Romano las continúa: «Acuérdate también, Señor, de tus hijos que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz». El celebrante se recoge unos instantes y ora por los difuntos; después prosigue con unas palabras tiernas, de gran calado: «A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz».

En la Plegaria eucarística, si ponemos cariño de nuestra parte, Dios nos agranda el corazón, lo hace a la medida del de Cristo.

El recuerdo de nuestros hermanos difuntos pone ante nuestros ojos, una vez más, la fraternidad: los demás. El Espíritu Santo ensancha de nuevo nuestros corazones, porque podemos rezar aquí no solo por nuestros difuntos más cercanos, sino también por todos los hombres y mujeres que Dios ha llamado a sí desde el día anterior; algunos habrán muerto quizá muy solos, y Dios ha salido a su encuentro, a enjugar las lágrimas de sus ojos[23]. «Cuando llega el memento de difuntos, ¡qué alegría rezar también por todos! Naturalmente pido en primer lugar por mis hijos, por mis padres y mis hermanos; por los padres y hermanos de mis hijos; por todos los que se han acercado a mí o al Opus Dei para hacernos el bien: con agradecimiento entonces. Y por los que han intentado difamar, mentir... ¡con mayor motivo!: los perdono de todo corazón, Señor, para que Tú me perdones. Y además ofrezco por ellos los mismos sufragios que por mis padres y por mis hijos (...). ¡Y se queda uno tan contento!»[24]

De multitudine miserationum tuarum sperantibus

El Canon se acerca a su conclusión, e intercede aún por los presentes, celebrante y fieles: «Nobis quoque peccatoribus famulis tuis, de multitudine miserationum tuarum sperantibus... Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires...»[25]. Se nombra aquí a san Juan Bautista, seguido de siete mártires varones y siete mártires mujeres: siete es un número que, como el doce que encontrábamos más arriba, tiene una fuerte impronta bíblica: si el doce recuerda la elección divina (de las tribus de Israel, de los Apóstoles, etc.), el siete, es símbolo de plenitud, totalidad.

Ponemos nuestra mirada en el cielo: el Pueblo de Dios se acoge a sus santos en los momentos más trascendentales de su culto, y la santa Misa es el lugar en el que la Iglesia en el cielo y la Iglesia en la tierra se saben más unidas. Benedicto XVI nos alentaba a dar gracias a Dios «porque nos ha mostrado su rostro en Cristo, nos ha dado a la Virgen, nos ha dado a los santos, nos ha llamado a ser un solo cuerpo, un solo espíritu con Él»[26]. Y como agradecer es apreciar, le podemos decir, con santo Tomás de Aquino, «Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, a la alegría de tus santos»[27].

Juan José Silvestre


[1] San Josemaría, palabras pronunciadas en una reunión familiar, 22-V-1970 (citado en J. Echevarría, Para servir a la Iglesia, Rialp, Madrid 2001, 189-190).

[2] San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 59.

[3] Sal 71 (72), 8.

[4] Sal 71 (72), 5.

[5] Jn 12, 32.

[6] Cuando no se indica otra cosa, las citas que siguen son, pues, de la Plegaria Eucarística I.

[7] Sal 118 (119), 30.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352.

[10] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis mistagógica V, 6 (PG 33, 1114).

[11] Es Cristo que pasa, n. 169.

[12] Francisco, Homilía, 29-XI-2013.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635.

[14] 1 Tm 2, 4.

[15] Beato Álvaro del Portillo, Carta, 29-VI-1975 (en Cartas de familia II, n. 19 [AGP, Biblioteca P17]).

[16] San Josemaría, notas de reuniones familiares del 1-IV-1972 y del 10-V-1974 (citado en J. Echevarría, Vivir la Santa Misa, Madrid, Rialp 2010, 106).

[17] Su nombre se introdujo por decisión de san Juan XXIII en 1962. El Papa Francisco, por medio del Decreto Paterna vices de 1-V-2013, introdujo la mención de san José en las Plegarias eucarísticas II, III y IV.

[18] San Matías es citado en el segundo elenco, tras la consagración.

[19] Son cinco Papas, un obispo, un diácono, seguidos de Crisógono –del que no se sabe si era clérigo o laico– y cuatro laicos.

[20] Javier Echevarría, Carta, 9-I-2002 (en Cartas de Familia V, n. 4 [AGP, Biblioteca P17]).

[21] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[22] San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

[23] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[24] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-V-1974 (citado en J. Echevarría, Vivir la Santa Misa, 151).

[25] Si bien en su origen el “nosotros, pecadores, siervos tuyos” podría referirse únicamente al sacerdote celebrante y a sus ministros, en la actualidad parece evidente –a la vista de las otras Plegarias eucarísticas– que se pide para todos la unión con la Iglesia celeste.

[26] Benedicto XVI, Discurso, 20-II-2009.

[27] Santo Tomás de Aquino, Himno Lauda Sion.